Conferencia “Las diez” (1885)
Sin embargo, la Naturaleza casi nunca logra crear un cuadro. El sol brilla, el viento sopla desde el este, el cielo está desprovisto de nubes, y todo es hierro. Los ventanales del Crystal Palace pueden verse desde todos los rincones de Londres. El veraneante se regocija con un día así de glorioso, mientras que el pintor se aparta para cerrar los ojos.
La escasa comprensión de lo anterior, y cuánta obligación pesa sobre la aceptación de lo ocasional en la Naturaleza como sublime, se desprende de la admiración ilimitada que un estúpido atardecer despierta a diario. La dignidad de la montaña nevada se pierde junto con la visibilidad clara de la misma, pero la alegría del turista consiste en distinguir al viajero que está sobre la cima. El deseo de ver, por el ver mismo, en medio de la masa, es el único que podrá sentirse gratificado, de allí el placer que encuentra en el detalle.

Y cuando la neblina del atardecer reviste con poesía la orilla del río, y con un velo, y los escasos edificios se desdibujan contra el cielo nublado, y las altas chimeneas se transforman en campanarios, y los galpones en palacios en medio de la noche, y la ciudad completa queda suspendida de los cielos, y el país de las hadas aparece frente a los ojos, es entonces cuando el paseante regresa con prisa a su hogar; el obrero y el hombre cultivado, el sabio y el juerguista, dejan de comprender, en tanto que han dejado de ver, la Naturaleza que, por una vez, ha logrado hallar el tono, y canta su exquisita canción sólo al artista, que es su hijo y su señor; su hijo en tanto que ella lo ama, su señor por todo lo que él la conoce.

No hay secretos que ella no le haya revelado, sus lecciones se hicieron una a una comprensibles para él. Observa a la flor no con la lente de aumento con la que reuniría información para el botánico, sino con la luz de quien ve en sus elecciones una selección de tonos brillantes y delicados matices, sugerentes de armonías futuras.
El artista no se limita a copiar a ciegas, sin pensar, cada brizna de césped, como recomiendan los inconsecuentes, sino que aprende gracias a la prolongada curva de la hoja estrecha, corregida por el recto y largo tallo, cómo la gracia contrae esponsales con la dignidad, cómo la fortaleza aumenta la dulzura, y que la elegancia ha de ser el resultado.
En el ala cítrica de la pálida mariposa, con sus primorosas manchas de color anaranjado, puede ver cómo se abren majestuosos espacios de un dorado reluciente con finas columnas de color azafrán, y aprende cómo delinear ese dorado vívido con delicado diseño y tonos en el extremo de los muros para reproducirlo en la base de los mismos con notas de matices más oscuros.
Traducción: A. L. G.
Referencias de las imágenes
Fig. 1. Nocturno. Azul y plata, 1871, óleo sobre tela, 50,2 x 60,8 cm, Tate Gallery, Londres.
Fig. 2. Armonía en gris y verde. Miss Cicely Alenxander, 1872-73, óleo sobre tela, 190 x 98 cm, Tate Gallery, Londres.